Catty estaba conmigo cuando recibí el mensaje, nunca olvidaré lo que sentí cuando lo leí. Es cierto, quizás era inevitable, pero nadie está preparado para la partida de alguien amado. Además de tristeza sentí preocupación; pensé "es imperdonable no estar con ella en estos momentos". Me asusté por lo que debería estar sintiendo. Como yo, ella nunca antes había perdido a un ser tan amado y ésta sería la primera vez que pasaría por todo ese doloroso proceso. Me pregunté "¿ahora, qué le digo?, ¿la llamo? No, tengo que estar con ella". Pedí permiso y salí disparada hacia su casa. "ella es lo más importante ahora", pensé.
En el camino sólo imaginaba su pena; tanto para ella como para mi, nuestras abuelitas siempre fueron como nuestras segundas madres y yo me decía "aún tengo a mi viejita conmigo, gracias a Dios". Estoy segura que tampoco estaría preparada para su partida.
Al llegar, vi por la ventana y la encontré sentada, sola. La llamé bajito, ella volteó y su rostro me conmovió. Abrió la puerta y solamente pensé en abrazarla fuerte y así lo hice. Ahora que lo pienso, no recuerdo exactamente si le di el pésame, esas típicas frases que son tan fáciles de recordar, pero tan difíciles de pronunciar. Aún así, pienso que un abrazo en silencio es más valioso que toda una estrofa solemne de cuánto lo sentimos, cuánto cariño se le tenía, que hay que tomarlo con calma, que todo pasará, que por fin está en el cielo y en paz; todas, frases de aliento pero tan típicas, que remedian sólo un poquito el dolor de perder a un ser querido. En realidad, ninguno sabe qué se siente hasta que nos toca vivir una situación similar.
La Nena estaba con nosotros, aún permanecía en su dormitorio. Llegaron más familiares. Me sentí una intrusa por momentos, pero me mantuve al margen, intentando no estorbar y así fue. Sólo estuve con mi Kari, sólo estuve ahí por ella y por el bonito recuerdo que me llevaba de la Nena.
La abuelita de Kari, la Nenita, como le decían, fue una de las causantes de nuestra amistad. Kari y yo tenemos innumerables coincidencias en nuestras vidas y el amor hacia nuestras abuelitas es una de ellas. Recuerdo claramente cuando me mencionó que dormía con su abuelita, dije: "Yo también, ¡qué locazo!".
Las últimas veces que ví a la Nenita me decía "casi ya ni vienes" (recordando siempre que yo solía invadir con más frecuencia su casa) o "¿me pareces o estás engordando?" (y Kari siempre corrigiéndo avergonzada que me veía así porque nos veíamos después de tiempo. Yo sabía que la Nena tenía razón y sé que ella también lo sabía, pero sólo nos reíamos). La recordaré así siempre, con su olorcito a bebé y con una sonrisa en los labios.
La tarde trajo consigo muchos amigos de la familia, llegó Brown con su mamita, su hermana y su sobrinita, que dicho sea de paso, ve a Kari y se alucina que es su muñeca grandota. Demasiado gracioso, demasiado tierno...
Pasé la tarde con ella, fui a casa un par de horas y volví lista para acompañarla toda la noche. Ése sería mi propósito: acompañarla, ayudar en lo que sea necesario, alentarla o simplemente llorar con ella. Lo último casi ni se dió. Estuve al tanto de cualquier quiebre, pero fue más fuerte de lo que esperaba, aprendí de ella y recordé por qué la admiro, por qué es mi mejor amiga y por qué nuestra amistad sigue tan intacta o incluso más fuerte que hace 4 años.
Al día siguiente en la tarde fuímos al cementerio y allí vi llorar a mi amiga por última vez. Yo lloré también, quería atravesar el tumulto y abrazarla pero sentí que era el momento que necesitaba para despedirse, sé que Brown a mi lado, también sintió lo mismo.
Recién han pasado dos días y será inevitable la tristeza y el desconsuelo que luego darán paso a la tranquilidad, la tranquilidad de sentir que ya no estará sufriendo más. Mi Kari ganó un ángel que la cuidará siempre, eternamente...
Adiós, Nenita!